Elena escondió los moretones bajo las mangas de su blusa blanca y subió al primer avión que encontró. Después de tres años viviendo con su esposo rico y controlador, Víctor, por fin había decidido escapar.
Se sentó junto a la ventana con las manos temblando. Un hombre alto, vestido con un traje oscuro, ocupó el asiento a su lado. Notó su miedo, pero no la presionó.
A mitad del vuelo, el teléfono de Elena se iluminó con decenas de llamadas perdidas de Víctor. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
El desconocido miró la pantalla y preguntó en voz baja:
—¿Él es la razón por la que tienes miedo?
Elena asintió.
El hombre vio el nombre en el teléfono y sonrió con calma.
—Conozco a Víctor —dijo—. Y sé exactamente a quién teme.
Elena se quedó helada.
El hombre se quitó la chaqueta y la puso suavemente sobre sus hombros.
—Desde este momento —dijo—, estás bajo mi protección.
Por primera vez en años, Elena sintió que podía respirar.
Cuando el avión aterrizó, Víctor volvió a llamar. Elena contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó él, nervioso.
Ella miró al hombre que caminaba a su lado y sonrió.
—En un lugar donde ya no puedes alcanzarme.
Colgó el teléfono y salió del aeropuerto hacia una vida que, por fin, le pertenecía.