Ella vendía flores para salir adelante… hasta que una desconocida compró todos sus ramos por una razón que la hizo llorar.

Compró los doce ramos y devolvió una bondad que llevaba años esperando
Clara tenía doce años y llevaba casi toda la tarde vendiendo pequeños ramos de flores junto a una plaza.
El cielo empezaba a oscurecer y aún le quedaban doce.
Necesitaba venderlos antes de volver a casa. Su madre llevaba semanas sin poder trabajar y cada moneda contaba.
Una mujer elegante pasó frente a ella, disminuyó el paso y finalmente regresó.
—¿Cuántos ramos te quedan?
—Doce —respondió Clara.
La mujer sonrió.
—Entonces me llevo todos.
La niña abrió los ojos.
—¿Todos? ¿Para qué quiere tantas flores?
La mujer, llamada Elena, tomó uno de los ramos entre sus manos.
—Cuando tenía tu edad, yo también vendía flores en la calle.
Clara la miró sorprendida.
Elena le contó que había crecido en una familia muy humilde. Después de la escuela, salía cada tarde con una cesta de flores para ayudar a su madre.
Una noche fría, cuando todavía le quedaban muchos ramos, un desconocido se acercó y se los compró todos.
Elena le preguntó por qué necesitaba tantas flores.
El hombre respondió:
—No las necesito. Pero quiero que vuelvas pronto a casa. Cuando tu vida mejore, haz algún día lo mismo por otra persona.
Años después, Elena estudió, creó su propio negocio y consiguió la vida estable que de niña parecía imposible.
Nunca volvió a encontrar a aquel hombre.
Pero tampoco olvidó su petición.
Clara terminó de envolver los doce ramos.
—Entonces ahora ya ha cumplido su promesa.
Elena negó con la cabeza.
—La bondad no funciona así. No se devuelve. Se continúa.
Pagó los ramos y añadió:
—Cuando seas mayor y puedas hacerlo, cambia también el día de alguien.
Aquella noche Elena no llevó las flores a casa.
Entregó unas en un hospital, otras en una residencia de ancianos y dejó las últimas en una pequeña casa de acogida.
Pasaron los años.
Clara terminó sus estudios y abrió una floristería.
Cada viernes preparaba varios ramos sin precio y los colocaba junto a la puerta con una nota:
“Si hoy conoces a alguien que necesita una sonrisa, llévate uno y regálaselo.”
Nunca volvió a ver a Elena.
Pero tampoco hizo falta.
Porque una tarde, mientras observaba a una niña tomar uno de aquellos ramos para llevárselo a su madre, Clara comprendió que aquella antigua cadena de bondad seguía viva.
Había empezado mucho antes de que ella naciera.
Y ahora le correspondía a ella asegurarse de que no terminara.

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