El amanecer apenas despuntaba cuando Verónica abrió las cortinas del dormitorio con un gesto brusco. No había dormido. Sus ojeras, marcadas bajo el maquillaje perfecto, revelaban una inquietud feroz. Algo no estaba bajo su control, algo se movía en las sombras como una grieta silenciosa en la pared de su imperio.
Mientras tanto, en el despacho, un sobre blanco descansaba justo donde los rayos del sol comenzaban a tocar la alfombra.
Ricardo del Monte entró apurado, buscando unos documentos para una reunión urgente. No vio el sobre al principio; lo pisó sin querer. Entonces se agachó, lo tomó entre las manos y notó algo extraño.
No tenía remitente.
No tenía sello.
Solo una frase escrita en tinta azul:
Baja al sótano.
Frunció el ceño. ¿Una broma? ¿Un mensaje del personal? ¿Un chantaje?
Pero algo dentro de él —una punzada, una intuición que no había sentido en años— le erizó la piel. Recordó entonces la pregunta de Clara el día anterior… “¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre?”
Y por primera vez, una duda real cruzó su pecho.
Mientras él examinaba el sobre, Verónica lo observaba desde la puerta entreabierta. Su rostro se tensó. Lo vio tocarse la barbilla, lo vio fruncir el ceño… y supo que algo peligroso acababa de comenzar.
—¿Qué tienes ahí, amor? —preguntó entrando con una sonrisa impecable.
Ricardo escondió el sobre de manera casi instintiva.
—Nada importante —respondió.
Pero su voz no era la misma.
No para ella.
Y Verónica lo notó.
Él salió deprisa, diciendo que necesitaba un momento solo. Ella, en cambio, sintió cómo su respiración se aceleraba. Corrió al pasillo, miró hacia el sótano y comprendió que tenía que actuar antes de que algo —o alguien— hablara.
No podía permitir que la verdad subiera a la superficie.
No ahora.
No nunca.
Ricardo caminó por el corredor con paso firme, pero su mente era un torbellino. El sobre crujía entre sus dedos. Cada paso lo llevaba más cerca de una puerta que no había abierto en años… una puerta que siempre había estado ahí, inmóvil, silenciosa, pero que él nunca había cuestionado.
Hasta hoy.
Mientras descendía, un escalofrío lo recorrió. Algo húmedo, algo antiguo, algo triste parecía respirar al otro lado.
Y entonces lo oyó.
Un gemido.
Un susurro débil.
Una voz que conocía desde niño.
—Ricardo…
Su corazón se detuvo.
Y el mundo entero, tal como lo había conocido, comenzó a romperse.